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La cantante y el escritor 2

La cantante y el escritor 2

Godofredo Rojas

Para Karla, la última y nos vamos

Estás en el escenario con decisión, es tú hábitat natural y lo conoces como nadie. Te mueves grácil y femenina. Te miro embrujado, como dice la leyenda que estaban los marinos con el canto de la sirena. Mi sirena, ¡bah!, es sólo un decir porque estás horriblemente lejos de mi vida.

Hoy luces unos jeans ajustados que dejan ver un par de piernas torneadas y firmes, que provocan pensamientos incontrolables que corren por el camino resbaladizo del deseo.

—“Por un poco de tu amor” —te grito desde mi trinchera, una pequeña mesa cerca de ti, por la que han desfilado ya cuatro whiskies prófugos. Espero que me hayas escuchado y entendido: más que una petición, es una invocación.

Dicen que el amor no se mendiga, pero ¿será que a veces…?, con un poco, es suficiente para provocar felicidad, qué importa que sea un momento, un pestañeo.

¿En qué estaría pensando? Mejor dicho, ¿qué estaría sintiendo el autor cuando escribió esa canción? ¿Algo así como un amor imposible? Si fue así, ¿qué lo impidió? ¿Algo parecido a lo mío?

—Claro que sí, ¿es la canción de Albert Hammond, cierto? —me preguntas mirándome con tus ojos miel y consultas tu tableta, en tu repertorio, para averiguar si la tienes.

—Sí —contesto tranquilo para contener este sentimiento que busca desbocarse como caballo de hipódromo al disparo de salida.

—Ahí va, para Alex —escucho por el micrófono mi nombre y por primera vez siento que es algo exclusivo, igual que esa mirada que ahora depositas en mí, aunque sea irremediablemente temporal, porque luego, la retiras para dirigirte a tu público. Todos esos ladrones de tu atención, tus tres mil cuatrocientos veintisiete admiradores que, al igual que yo, te aman en secreto.

Estoy pensando: en definitiva, Albert Hammond está jodido. Mira que mendigar un poco de amor es un acto suicida o, al menos, una locura que sólo se cura con veinte años de psiquiatra. Aunque Gardel diría que veinte años no es nada.

Habiendo tantas mujeres, ¿por qué se fijaría exactamente en esa que no lo peló nunca? Claro, estoy asumiendo porque no sé su realidad; pero por transmisión osmótica, pienso que debe ser igual a la mía.

Está pendejo. ¿Tendrá una justificación ese mendigar? ¿Qué podrá ser?

Regreso de mis cavilaciones sólo para sumarme a tu angelical interpretación, casi grito para que me escuches, a ese tramo de la canción que es en realidad un viacrucis voluntario:

Por un poco de tu amor
Por un trozo de tu vida
La mía entera yo te la daría

Sólo a ti, por un poco de tu amor

Por un beso nada más
Por un roce de tu boca
Cualquier felicidad sería poca
Por tener sólo un poco de tu amor

Es una pinche canción de mierda. Es verdad, el amor no debe mendigarse. Valdría la pena que esa puta palabra se eliminara del diccionario de la RAE. Voy a escribir una carta pidiendo que se abrogue.

¡Uff!, yo con mis pensamientos de escritor incipiente. Mejor tomo una servilleta y escribo todo lo que pasa en desorden por mi cabeza bajo el influjo del alcohol. Igual algún día quiero hacer un cuento del imprudente Hammond (claro, le cambiaría de nombre al personaje), que se enamoró de un amor imposible y a cambio escribió una canción espléndida, pero pendeja a la vez.

Terminas, es la última de tu turno. Bajas las pequeñas escaleras del escenario para dirigirte a mí; bueno, eso creo, porque en el camino saludas aventando besos con la mano a los, ¿ya lo escribí?, tres mil cuatrocientos veintisiete admiradores que se levantan ansiosos para abrazarte e invitarte a su mesa. Les dices, seguramente, que ahora vuelves. Sí, es a mí hacia donde te diriges. Mi corazón imprudente e impulsivo se vuelca.

—Hola, ¿cómo estás? —me saludas natural. Me abrazas. Si supieras que mi cuerpo se quema por dentro, no te acercarías.

—Súper, ¿y tú? —te contesto con mi mejor disfraz, con una máscara de serenidad y suficiencia que James Bond me envidiaría. Las cosas que tiene uno que hacer para ocultar lo que realmente ocurre por dentro.

—¿Te gustó la interpretación?

—Sí, mucho —¿cómo le digo que la que me gusta hasta el desmayo es ella? Tal vez, debería ser así nada más, decirlo, para después respirar hondo y aguantar su indiferencia.

De la bolsa trasera de sus ajustados jeans saca su celular. Lo consulta para ver sus mensajes. Siento celos hasta del maldito aparato que me roba su atención.

Le pregunto si todo está bien, por cortesía, pero es un error que me lleva a estrellarme de frente con la realidad, con esa que quiero ignorar pero existe, infranqueable; esa aduana que jamás pasaré.

—Sí, todo bien, es de mi esposo. Quiere que le llame, ¿me disculpas?

—Claro.

Se va unos interminables minutos, quizá dos o tres. Por un momento pienso en pagar la cuenta e irme a la chingada, del restaurante y de su vida.

Regresa, me dice que tiene que hacer un turno más, que se lo han pedido los clientes, me pregunta si quiero que cante otra canción para mí, es un disparo a mansalva del que no me puedo librar.

—Sí, “De mí enamórate”.

—Claro, para ti con cariño – me dice y camina hacia su hábitat.

Pago la cuenta y me voy a donde dije, no sin antes pensar qué jodido estaba Juan Gabriel cuando escribió esa canción. No se puede pedir a nadie que se enamore, se da o no.

Publicado en Cuento,Godofredo Rojas

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