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Leer y escribir

Leer y escribir

Godofredo Rojas

“Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi propia condena”.
Juan Carlos Onetti.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda,
y cómo la recuerda para contarla”.
Gabriel García Márquez.

Me sostenía con fuerza de aquella mano de dedos delgados, largos y maltratados por la erosión constante que provocaba el trabajo cotidiano del hogar. Ella caminaba a paso rápido y yo trataba de mantener su ritmo. No podía, respiraba con dificultad, jadeaba para poder alcanzar la frecuencia de sus pasos y de sus incansables piernas. Sí, hablo de mi mamá y de mí con sólo cinco años.

Caminábamos al puesto de periódicos de la esquina de Lago Atter y Lago Gran Oso. Ahí me encargaba con Julio, quien era el vendedor del puesto de periódicos, para que ella pudiera hacer las cosas que tenía que hacer con prontitud y no estorbara el más pequeño de sus hijos. Mamá confiaba plenamente en Julio. Me quedaba ahí durante todo el tiempo que duraran sus diligencias. Era otro México y otros mexicanos.

Esa fue mi rutina durante un largo tiempo. Una deslealtad de la memoria no me precisa el momento exacto y sólo recuerdo claramente con la imagen que acabo de describir.

Nunca fui al kínder o preprimaria, no pude hacerlo por razones económicas; sólo había posibilidad para uno de dos hijos, y el mayor siempre es el mayor y tiene derecho de preferencia.

El puesto de periódicos que cuidaba Julio era de aquellos en forma de triángulo, como un tipi de los indios de las películas del oeste. Julio me sentaba en un banco debajo de aquel triángulo y sobre mí yacía un techo plagado de letras, imágenes, figuras, una constelación; un mundo nuevo absolutamente desconocido para mí.

Julio despegaba de ese triángulo las historietas sostenidas por pinzas de madera para colgar la ropa. A mi alcance estaban Supermán, La pequeña Lulú, Archie, Fantomas, El Hombre Araña y, desde luego, Kalimán.

Un día Julio me preguntó por qué sólo hojeaba las historietas, por qué sólo veía las figuras, los recuadros y terminaba pronto y pedía otra, bajo el mandato del color de la portada.

Miré con desconcierto a los ojos de aquel joven de tez morena con el que platicaba mucho y conocía poco, a pesar de que lo veía todos los días; de aquel joven que tenía la paciencia indestructible para sostener a pie firme las preguntas impertinentes y constantes, hasta el hartazgo, de un niño de cinco años, para decirme algo que cambiaría mi vida para siempre, que me dejaría adicto a un vicio irrenunciable y con una inconformidad permanente.

—No sé leer.

Julio abrió los ojos al tiempo que me otorgaba la mejor de sus sonrisas y cogía mis palabras como una oportunidad para hacer algo por alguien.

—¿Quieres aprender? Yo te enseño.

Descubrí entonces el enorme significado y la emoción indescriptible que produce el sonido de las vocales, la unión de las letras, la formación de oraciones. Aprendí la asociación de imágenes con las palabras, una forma simple de metáfora.

Mi favorita era Kalimán. Me quedé atrapado en el color sepia de la historieta y el enorme contraste de color de la portada y de la vestimenta blanca, del turbante de aquel hombre nacido en las profundidades de la tierra, en el reino perdido de Agharta y que renunció a su reino en Kalimantán (en algún lugar de la India), para recorrer el mundo haciendo justicia y luchando contra las fuerzas del mal. El séptimo hombre de la dinastía de la diosa Kali me impresionaba con sus habilidades y la forma en la que enfrentaba a la maldad y al peligro. ¿Cuál peligro? Qué otro peligro puede haber si no es el de la muerte.

Leía con detenimiento y pasión, y me emocionaba hasta la médula cuando invocaba sus poderes para conjurar el inminente peligro: “No hay nada más poderoso que la mente humana; quien domina la mente lo domina todo”, “Serenidad y paciencia Solín, mucha paciencia”. Pero, sobre todo, vivía en vilo cuando utilizaba el Actus Mortis (muerte fingida), esa habilidad extrema que podía costarle la vida y que consistía en disminuir los latidos de su corazón hasta la mínima expresión y dejarlo casi sin pulsaciones, de tal suerte que podía fingir su muerte.

Con Kalimán leí y entendí por primera vez el concepto del desdoblamiento del hombre, mucho antes de topármelo con la familia de los Buendía en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Me quedaba enganchado para la publicación del siguiente número. No puedo negar que sentía angustia al descubrir a mi héroe favorito frente a la muerte. Me volteaba y le preguntaba a Julio:

—¿Crees que se salve Kalimán?

—Claro, por eso es el hombre increíble —respondía y me acariciaba la cabeza.

Ese era Kalimán, ese era yo iniciado en la lectura, era Julio, era un México con los años perdido, eran las coordenadas de un tiempo irrecobrable.

Al llegar a la primaria ya sabía leer, y tomé una ventaja inalcanzable con el resto del grupo. Quizá para el grueso de la gente sea una ventaja invisible, sin peso, innecesaria, algo que en la distancia parece desvanecerse y que tiene un loco significado para los que, como yo, gustan del enorme placer de la lectura.

Jean Paul Sartre, el filósofo y escritor existencialista, opinaba que el deseo de leer es el deseo de violar lo oscuro, de poseer un secreto.

Lo sostenía el poeta Octavio Paz: “Leemos porque nos sobra algo o porque nos falta algo (se escribe por las mismas razones). Tenemos sed. Sed de un horizonte más amplio, una pulsión por rebasar el contorno de nuestra existencia acotada por un tiempo y una geografía, unas capacidades, ciertas oportunidades y elecciones. Leemos por inconformes”.

El escritor israelí Amos Oz propone en su libro La historia comienza, que se debe establecer un contrato inicial entre el lector y el escritor, con las cláusulas que regirán la relación desde la primera palabra del texto hasta su punto final.

En mi adolescencia, empecé a escribir en una revista de la preparatoria, Nuestra pauta, bajo el seudónimo del Capitán Kirk, ¿lo recuerdan? Sí, el mismísimo capitán James Tiberius Kirk, del programa de televisión “Viaje a las estrellas”. Recuerdo que, en alguna publicación de la revista, explicaba que a diferencia del Capitán Kirk original, que había viajado a través de las galaxias, yo, lo más lejos que había llegado en ese entonces, había sido al estado de Hidalgo a conocer los Atlantes de Tula. Había viajado más lejos, bajo el influjo de un primer y último toque de marihuana.

El escritor brasileño Rubem Fonseca, en su libro Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro, nos comenta: “El destino normal de un lector fanático es volverse escritor”, y agrega: “…las personas escriben para conquistar fama, poder, pero como advirtió Sartre, eso puede lograrse mejor por otros medios. También dicen que el escritor busca liberarse de algo; o escapar de la realidad, o entender al mundo, o comprender la naturaleza humana”.

Para mí ha sido un largo y sostenido diálogo interno sobre todas las personas y cosas que me rodean y que forman lo que la gente llama la vida.

Dejé de escribir por años, y luego regresaba, y luego me volvía a ir como barco pesquero que pasa meses en altamar. Llené cuadernos con notas, con historias, con personajes e incipientes ficciones. Ahí los tuve en resguardo un tiempo y luego los pasé a un disco electrónico de 3 ½, ¿lo recuerdan? El destino final de todo ese material fue el irremediable olvido. Cuando quise recuperar la información, me fue imposible; se perdió todo en ese naufragio de la tecnología. Ese patrimonio se esfumó como en una apuesta imprudente a una carta en Las Vegas. El único justificante a tal imprudencia era pensar que no tenía caso escribir. Por un lado, me convencía de que no llegaría a nada, y por otro, me consideraba verdaderamente malo.

Por esa razón, muchas veces traté de escaparme de las historias, pero no miento si digo que ellas me buscaban como perros de caza hasta darme alcance. Aunque usaba mis mejores suertes al estilo Houdini, no lo conseguía y terminaban por secuestrarme, exigiendo como rescate ser escritas. Me gustaría referirme a lo que atinadamente menciona Mario Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista: “No elegimos las historias, ellas nos eligen”; agregaría que, a veces, nos las topamos de frente.

Ahora que estoy empujando las palabras en la computadora y lo hago con la rabiosa idea de terminar bien este ensayo, recuerdo una historia que me dio vueltas en la cabeza por mucho tiempo. Era algo así:

Un día. caminando por la colonia Roma, me topé con un festival en la Plaza Río de Janeiro. No recuerdo a instancias de qué, pero se presentaba una escuela de baile, según lo indicaba el folleto que nos repartieron a los que, como yo, nos estacionamos a ver. De repente, en el templete de madera que pusieron como escenario, apareció una joven morena, de cabello rizado tupido, haciendo un solo con música de salsa. Me impresionó la forma en que lo realizaba. Se me quedó grabado en la mente el movimiento rítmico y sensual, fundido con los acordes y los tiempos de la música; pensé que ella había nacido para bailar.

Entonces imaginé a una mujer que con su baile enamoraba y enloquecía a los hombres, con la conciencia plena del embrujo que producía. Visualicé enseguida a un personaje, Roberto, que se entera en una reunión de amigos, quizá en principio con tono de rumor, de la morocha que baila en un congal de la Roma. Siente inquietud y va un día a buscarla. Queda encantado desde esa primera vez, pero debe resistirse; no quiere acercarse al fuego, porque sabe que puede quemarse.

Su adicción a la mujer hace que una y otra vez vaya, pero se quede sentado, como amarrado a la silla, y sujete con las dos manos la cerveza que está sobre la mesa. La bailarina lo ha visto y sabe que tiene secuestrada su atención.

Un día, Roberto está trabajando hasta tarde en la oficina. No deja de pensar en la mujer. Toma su saco y decide entregarse a la suerte de la noche. Va al congal, se sienta en el lugar de siempre con la bebida de siempre. La morocha lo ve, cómo de que no, cómo que se resiste; lo mira como el depredador que ha seleccionado a su presa.  Baila frente a él, cautivadora e imantada. Mueve, sin escrúpulos y sin pudor, su espectacular cuerpo. Roberto la imagina moviéndose igual en la cama, haciendo el amor. Se sabe entonces perdido.

La mujer se acerca a treinta centímetros y sonríe; lo tienta con el efluvio de su perfume, al tiempo que estira la mano para pedirle la pieza.

Roberto está desconcertado. No quiere. Tiene miedo de lo que puede pasar. Escucha en el fondo la arenga del público que le aplaude, le chifla y lo incita ir a la pista. Roberto no puede más, estira la mano y sujeta firmemente a la bailarina que continúa moviéndose al ritmo de la noche. Hasta ese momento, Roberto cae en cuenta de que el hechizo se ha cumplido. Está enamorado.

Cito nuevamente a Rubem Fonseca, con el libro mencionado: “Al final yo te iba a decir que el papel del escritor es hacer que el lector vea lo que él, el escritor, vio. Y lo que el escritor ve no debe ser necesariamente la realidad convencional. Nuestra conversación no era para enseñarte a ver lo que puede ser visto, sino enseñarte a ver lo que no se ve”.

Apunta Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista: “El escritor tiene que crear la ilusión de la realidad. Es decir, tiene que construir ese mundo ficticio de tal manera que embarque al lector, que lo haga transitar por él como si fuera su vida misma. El mundo de papel debe tener olores, sangre, sudar, explotar, quejarse, correr, esconderse. Ese es el reto del que escribe: encantar, seducir, atrapar en la historia que narra para quien la lee no dude que aquello está sucediendo”.

Hace poco platicaba con una amiga y le comentaba la costumbre que tengo de leer dos libros a la vez. Lo he hecho quizá desde hace 20 años. Siempre tengo un corredor de cien metros para el día; el libro que leo a la hora de la comida, mientras me deleito con los sorbos de café después de haber concluido pausadamente con mis alimentos, o en los tiempos breves. Son las historias de desarrollo rápido, aquellas que acortan el camino con el uso preciso de la palabra para abarcar una cantidad incontable de imágenes y decir mucho más que la misma palabra significa en su interpretación literal.

El otro es un corredor de maratón; es el de la noche, el que se lee para despertar los sentidos antes de ir a dormir, el que amortigua las incontables horas en los aviones y sus salas de espera. Es una novela; esa donde la historia se va contando con detalle clínico; donde el escritor hace gala de su capacidad de descripción y de su lenguaje para tejer con maestría la ficción, y donde la paciencia es una virtud que le otorgó la vida.

Me decía mi amiga que ella no podría hacer eso, que era como serle infiel al otro libro. Me gustó su concepto. Pero entonces, tengo que declararme irremediablemente infiel.

Así lo haré hasta el final de mis días.

Publicado en Ensayo,Godofredo Rojas

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