Ella tomaba un paseo secreto en la noche por aquella playa abandonada, algo que le fascinaba. Ahí estaba jugando, corriendo, brincando… Podía ser ella misma cuando no tenía a nadie del palacio o del pueblo recordándole su posición como heredera.
Mientras tanto, esa misma noche, él se encontraba escapando de su padre, que lo entrenaba para que cumpliera su rol como el hijo del jefe de los caballeros, algo que detestaba. Al estar corriendo en busca del perfecto lugar para esconderse toda la noche o tal vez toda su vida, se topó con una playa inusualmente bella, pero sola, exactamente lo que necesitaba.
Al adentrarse por la fina arena, escuchó más y más fuerte aquel sonido tan relajante de las olas. Sus labios formaron una linda sonrisa ladina. Seguía caminando sin parar, cuando de repente, no tan lejos, vio a una mujer, aquella mujer por la que lo habían estado entrenando para proteger con su vida.
Su caminata se empezó a hacer más sigilosa para no llamar su atención y ver detenidamente cómo se comportaba. Sin hacer mayor ruido, para que la princesa no se diera cuenta, decidió sentarse y la contempló reírse y jugar en la orilla del mar. Pero entonces, sus ojos se abrieron tanto por la sorpresa, al ver cómo ella salió volando en dirección de la luna, como si quisiera tocarla.
Fue en aquel momento cuando la pudo ver por primera vez de una manera tan detenida, su figura esbelta que lograba hacerla ver tan delicada, el pelo negro como aquella noche que cubría sus corazones solitarios, un pelo largo hasta la cintura, moviéndose a la par de sus vueltas en el aire, su piel y alas de ángel color aperlado, ojos color miel que hacían su brillo aún más intenso al estar bajo la luz la luna. Toda ella logró capturarlo. Claro que su apariencia era digna de un ángel, pero aquel gesto y su risa, que nunca se cansaría de ver y escuchar, fueron lo que le hicieron sentir aquello que llaman “primer amor”, pues su corazón latía cada vez más rápido y su estómago sentía revolotear aquellas abundantes mariposas al verla.
La princesa dejó de jugar en el aire y se empezó a acercar a él lentamente. Bajó tanto que él podía apreciar aún más todo detalle de ella. El caballero se puso de pie para tratar de acercarse. La princesa todavía no tocaba la arena, pero sus ojos podían verse con más intimidad.
Ella quedó hipnotizada por sus pupilas esmeraldas; aunque había visto muchos ojos de ese color, nunca había contemplado aquel brillo único, uno que gritaba desesperadamente que quería ser libre, tal como ella deseaba. Mientras, él podía ver que sus ojos amelados escaseaban de brillo, algo que la hacía lucir triste, justo como él anhelaba dejar de sentirse. Las alas de la princesa la hicieron descender para tocar tierra y romper cualquier barrera que los distanciara.
Los dos caminaron en círculos y sus cuerpos se empezaron a tocar sin vergüenza alguna. Sus manos rozaban las mejillas del otro, sin dejar de verse con curiosidad y, sin saberlo, con amor.
De un momento a otro, ella lo envolvió dentro de sus alas y finalmente habló:
—Son esmeraldas… —masculló, mientras se elevaba de nuevo en el aire.
Sus manos buscaban la forma de tocarla, pues no quería que se alejara de él. Necesitaba sentir aquel brillo acogedor que lo había cautivado.
—¡Llévame contigo! —le dijo con desesperación. No quería volver a sentirse solo, quería aquella libertad que ella sentía al volar sobre el mar bajo la noche.
Lentamente, la princesa se acercó de nuevo a su rostro y lo tocó con una delicadeza y cariño tal, que logró hacer sentir al caballero calidez en su corazón. Sus labios formaban una sonrisa, mientras él tocaba sus alas. Eran más suaves que la seda y soltaban un olor a rosas, igual de hermosas que su portadora.
—Vamos, escapemos de aquí —de nuevo habló—. Podemos ir a donde queramos mientras estemos juntos.
En ese momento, él la abrazó por la cintura, logrando que sus cuerpos tuvieran cercanía total. Ella lo abrazaba por el cuello, haciendo que sus frentes se tocaran, una posición que demostraba que su amor estaba saliendo a flote y que sus destinos se habían combinado para quedar unidos.
Mientras seguían abrazados, ella empezó a aletear más y más hasta llegar a las nubes. Ahí fue donde la mano de él tocó su mejilla y se empezó a acercar a los labios rosados y pomposos que le pertenecían a su amada. Por fin, debajo de la luz de la luna, escondidos entre las nubes, su primer beso y el inicio de su destino como amantes.
