Cuando vivimos en la casa del Lago, mis padres plantaron en el jardín de atrás (el mismo que inspiró el encuentro de Dante con sus mascotas) tres árboles: dos cerezos y un tejocote.
Los cerezos crecieron. Sus hojas eran rojizas y sus frutos jugosos. Nos gustaban mucho, además porque, muy cerca de donde se ubicaban, en la reja que dividía nuestra casa de un terreno baldío, nos visitaba un cardenal, un petirrojo le dirían por ahí.
Pero el tejocote no se dio. Por más que lo regaban, lo acomodaban, le hablaban bonito; todo método casero que se les ocurría en aquel entonces para darle vida al arbolito fue infructuoso. Incluso lo dieron por muerto en algún momento.
Un día nos tuvimos que mudar (larga historia). Mucha de nuestra biblioteca, posesiones, discos, juguetes, peluches, recuerdos, muchas cosas que nos hacían felices tuvieron que quedarse o ser reubicadas en otros hogares; por la sencilla razón de que la casa a donde nos íbamos era, por mucho, más chica que aquella.
Sin embargo, nuestro nuevo hogar estaba ubicado al lado del jardín comunal. Ahí, los vecinos del condominio lo usaban para reunirse o sacar a los perros a hacer lo propio. Los niños juegan ahí. Ahora yo lo uso para jugar a la pelota con mi hija. El caso es que ahí había un lugar y mis padres, no sé por qué razón, decidieron llevarse al tejocote y ubicarlo ahí.
Han pasado más de 20 años desde la mudanza. Y el árbol, que llegó siendo mucho más bajito que yo, tiene ahora un tronco fuerte y alto, sus hojas resplandecen y sirven para que bichos y aves se reúnan a conversar; y lo mejor es que en época de otoño, el tejocote da sus frutos de un color naranja muy intenso.
El otro día le contaba la historia del árbol a mi hija. Reflexionamos sobre el proceso y la paciencia. Qué maravilloso ver que el árbol decidiera el lugar donde quería estar. Y no sólo eso. Ser nosotros testigos de su transformación, de su decisión por abrirse a la vida y echar raíces fuertes para florecer.
Sobre todo que, durante veinte años, poco a poco, soportando los azotes de la lluvia y el frío, el tejocote se fue haciendo fuerte, en un proceso lento y quizá doloroso; un proceso que ha requerido mucha paciencia y tiempo para que el árbol haya encontrado su esencia y su lugar.
Si el tejocote pudo, quizá nosotros también podríamos salir victoriosos de nuestras batallas. Con paciencia; con dolor sí, pero con trabajo diario para que nuestros frutos den gozo a otros y así, no sólo logremos nuestros sueños, sino demos una ramita de felicidad a los que nos rodean, como el tejocote con nosotros.