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Doppelgänger

Doppelgänger

Sabino Eduardo Chavarría Chávez

¿Quería mucho a su madre? Pensó en qué hubiera sido de él si ya no estuviera. Tampoco había conocido a su padre. Había muerto unos cuantos meses después de su nacimiento, se llamaba Flavio igual que él, después de tantos hijos la inventiva se agota.

Apenas se instaló la incertidumbre y comenzó a cuidar los pasos de su mamá, al menos en la casa, en los escasos momentos en que no estaba trabajando: a la hora de la comida, en las mañanas, y entonces cayó en la cuenta: que será de ella cuando estamos fuera por las tardes, que hará ella sola en esta casa.

Tomada la decisión, la cual olvidó y postergó varias veces, al fin se dieron las condiciones para recordar su cometido: una tarde la vecina le preguntó si no estaba la maestra Mague, a lo que, sorprendido, no supo contestar.

Entró sigilosamente, como siempre, la regla era no estorbar. Escuchó algo que le heló la sangre, como cuando tuvo que acompañar de noche a una amiga de la infancia allá en casa de su abuela. A los ocho años se vive en años de perro, el verano pasado ya se le perdía en la memoria. Sin embargo recordaba a la anciana del camino, que sólo les saltó al pasó para vaticinarles el llanto espantoso de la llorona, y un regreso solitario entre los espinos que aunque ya casi olvidado, no la sensación de un miedo suspendido en la oscuridad. 

Dudó en dar un paso más, la habitación estaba a oscuras pero no era el llanto de la llorona que él esperaba, era un sollozo contenido como un estornudo. Se acercó lentamente, la desesperación de ese sonido incompleto era más angustiante que el temor que sentía.

Ahí estaba, la silueta de su madre como nunca la había visto, encorvada, envejecida y definitivamente triste.

Flavio era muy joven, no podía saber que la tristeza y el miedo no eran las únicas cosas que preocupaban a las personas. Siguiendo su instinto se abalanzó con ternura en un abrazo totalmente intuitivo, pues no sabía cómo hacerlo. La silueta se desmoronó en ese instante y perdió el recuerdo del momento en que su madre desapareció. 

No supo qué fue lo que lo atacó, pero no era la llorona, y en definitiva no podía ser su madre. Siguió vigilando a Margarita desde una prudente distancia, sus hermanos no parecían notar la diferencia: seguía trabajando doble turno, haciendo comida y pagando las cuentas, como siempre. De no haber estado en ese momento, él tampoco la notaría.

Tal vez era el miedo el que respondía sus dudas. Estaba solo y aprendió a no hacer más preguntas.

— Todo está bien, solo tengo que apretar más fuerte para que crean en mis abrazos. 

Publicado en Cuento,Sabino Eduardo Chavarría Chávez

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